La exposición de los humanos a temperaturas ambientales elevadas puede
provocar una respuesta insuficiente del sistema de regulación de la temperatura
del organismo (termorregulación).
El calor excesivo puede alterar las funciones vitales si el cuerpo humano no
es capaz de compensar las variaciones de la temperatura corporal.
Una
temperatura muy elevada produce pérdida de líquidos y de electrolitos que son
necesarios para el normal funcionamiento de los distintos órganos. En algunas
personas con determinadas enfermedades crónicas, sometidas a ciertos
tratamientos médicos y afectados de discapacidad que limita su autonomía, estos
mecanismos de termorregulación pueden verse descompensados.
El impacto de la exposición excesiva está determinado por el envejecimiento
fisiológico y las enfermedades subyacentes. Normalmente, un individuo sano
tolera una variación de su temperatura interna de aproximadamente 3º C sin que
sus condiciones físicas y mentales se alteren de forma importante. A partir de
37º C se produce una reacción fisiológica de defensa.
Las personas ancianas y los niños muy pequeños son más sensibles a estos
cambios de temperatura.
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